Sin miedo a la vida, Fearless, 1993, Peter Weir

- Cuando tenía trece años mi padre se murió delante de mi. Saliamos de casa. Yo iba jugando con una pelota. Oí gritar a mi madre, se me escapó la pelota, me volví y mi padre estaba muerto en la acera. Le manaba sangre por la nariz. Tenía las piernas retorcidas. Era como si alguien con una mano enorme le hubiese exprimido la vida.
- Ese alguien fue Dios.
- Sí, eso pensé yo, Dios lo había matado.
- ¿Por qué razón?
- No pude explicármelo. El era religioso, trabajador, amable con mi madre y mi hermana.
- ¿Quería a su padre?
- Sí. No entendía porque Dios lo había matado, no había ninguna razón. Así que decidí que Dios no existía.

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El amante del amor, L’homme qui aimait les femmes, 1977, François Truffaut

“Todos los entierros son iguales. Sin embargo, éste es especial. No hay ni un solo hombre, sólo mujeres, nada más que mujeres. Creo que a Bertrand le habría gustado el espectáculo de su propio entierro. El momento de la verdad. Está en una buena posición para mirar lo que más le gustaba de nosotras. Recuerdo una frase de Bertrand:
Las piernas de las mujeres son compases que recorren el globo terrestre otorgándole equilibrio y armonía.”

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Mon ange, 2004, Serge Frydman

- A veces, las gofres tibias también son buenas.
- Duerme.
- No puedo. ¿Tú tampoco? ¿Sientes que hace más frío?
- Yo siento que tú no debes hablar más.
- ¿Por qué?
- Porque eso va a molestarme.
- ¿Molestarte cómo? ¿Mucho? ¿Poco? ¿Un poquito?
- ¿Quieres hacerme un favor?
- Sí, con gusto.
- Cierra los ojos y cállate.
- Cuando cierro los ojos, es peor. Lo veo todo…así…igual. Pero de más cerca aún. Y me aprieta.
- ¿Qué te aprieta?
- Es por dentro, como las burbujas de una gaseosa. Si sacudes la botella, suben y presionan la tapa.
- No es nada, ya se te va a pasar.
- No es nada…¿Ya tú lo has sentido?
- No sé si será igual. Las mujeres no tenemos burbujas.
- ¿Y qué tienen?
- Bueno…no sé…cubitos de hielo.
- ¿Y cuál es el efecto?
- El efecto…es que, a veces, de tanto estar esperando los cubitos se derriten. Es por eso que todos creen que las mujeres lloran por cualquier cosa. Pero es el hielo que se derrite.

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Mon ange, 2004, Serge Frydman

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